No sabes lo felices que seríamos tú y yo

Solemos caminar mirando por el retrovisor
y acabamos perdiéndonos el paisaje.
Y es que las personas correctas siempre caminan cerca,
pero tan solo nos damos cuenta cuando ya es demasiado tarde.

Él lo sabía bien.
Había aprendido la lección tiempo atrás.
Pérdida a pérdida.
Golpe a golpe.
Y por eso ahora no estaba dispuesto a dejar pasar ninguna oportunidad.

“No sabes lo felices que seríamos tú y yo,
si lográramos ser tú y yo”, le escribió en un escueto mensaje de texto.
Sentado en aquel sillón.
En un rincón de la sala.
A su alrededor, un montón de gente iba y venía.
Mujeres en su mayoría.
Mujeres fuertes e independientes.
Emprendedoras e interesantes.
Sonrientes y atractivas.
Pero él a quién buscaba era a la rubia.
A la chica que había detrás de aquellas palabras.
Aquellas palabras que habían conseguido volver su mundo del revés.
A las chica que había detrás de aquellas fotografías.
Esa mente y esas piernas que desde hacía días habían secuestrado su atención.
Y es que algunas imágenes tienen la capacidad de capturar emociones.
De hacerte sentir lo que pensabas olvidado.
De devolverte el aliento en un mundo que corre a la velocidad de la luz.

De mirada misteriosa y semblante firme,
aquella mujer escondía mucho más de lo que contaba en sus textos.
Detrás de aquel torbellino de reflexiones, historias y emociones,
de aquella fortaleza y resiliencia,
de aquella vida, tan corta pero tan intensa.
Detrás de todo aquello, se escondía ella.
Ella y solo ella.
Ella y su coraza.
Ella y sus miedos.
Ella y sus sueños.

Aquel blog era una ventana abierta a su alma.
Cada palabra, cada fotografía, te adentraba un poquito más en su mundo interior.
Era como si, de repente, te dejara mirar por un agujerito todo aquello que normalmente escondía al mundo.
Para, con la misma rapidez y tan solo unos párrafos más tarde, cerrarte de golpe la puerta de su hogar.
Sintiéndose desnuda, asustada y vulnerable.
Aquella mujer se exponía abiertamente al mundo.
Pero lo hacía así.
A pinceladas.
Ahora todo y luego nada.
En píldoras de emociones descontroladas.
Como quien tira una piedra y esconde la mano.
De tanto en cuanto, algo dentro de sí misma se desataba
y había que sacarlo.
Entonces, se ponía a escribir.
Escribía durante horas.
Y, como si los relojes se pararan en ese mismo instante,
las palabras comenzaban a danzar sobre el papel en blanco.
Fluyendo sin control.
Sin obstáculos.
Sin límites.
De dentro a fuera.
De fuera a dentro.

Y en una de esas embestidas poéticas,
el flujo de palabras llegó hasta él.
El chico que esperaba en un rincón de aquella sala,
girándose con disimulo hacia la puerta cada vez que sonaba el timbre
y alguien nuevo llegaba a aquel encuentro de cuerdos locos.
Y es que, a pesar de haber tenido un día movido de trabajo,
esa noche decidió pasarse por el evento por si aparecía ella.
Tan solo por si aparecía ella.
La chica que le había robado el sueño.
La rubia tímida que jugaba a esconderse detrás de una pantalla.

Y finalmente llegó.
No como él esperaba.
Pero llegó.
A pocos minutos de dar inicio a las primeras charlas de presentación,
un vídeo -con las fotos de algunos invitados- comenzó a reproducirse en la pared.
Y, de repente, ahí estaba la rubia.
En bucle.
En aquel vídeo sin fin.
En su balcón.
Viendo la vida pasar a través de su peculiar mirada.
Pensativa.
Misteriosa.
Dándonos la espalda
y casi sin mostrar su rostro.
Estando sin estar.

Y es que así era ella.
Como una brisa de aire fresco
que viene y va.
Que está y ya no está.
Y que, en vano, algunos aun intentan atrapar.

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