¿Por qué los hombres siempre vuelven?
Por qué cuando pensabas que (por fin) aquella historia había quedado atrás.
Guardada en el cajón de tus relaciones fallidas.
De repente, un buen día, vuelve.

Cual jarro de agua fría.
Cual portazo en la cara.
Para recordarte que no.
Que ni lo tenías tan superado.
Ni eras tan fuerte como creías.

¿Cuántas veces habrás dicho aquello de:

“cómo me lo encuentre por la calle,
le voy a decir cuatro cosas”?

Y ahora todo lo que alcanzas a decir es:

“Hola, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo!”
Como si nada.
Como si no te hubiera roto el corazón en mil pedazos.
Y ya sé que esto suena a cliché.
A estereotipo de género total.
Pero es la verdad.
Es exactamente como tú lo viviste.
El pecho se te rompió.
Se te hizo añicos.
Pam!
Y adiós.
Ahí te quedaste.
En la más absoluta soledad.
Y rodeada de pedacitos de ti.
Cual espejo hecho trizas.

Porque, no hace falta que te explique los efectos que tienen las afirmaciones en nuestra mente, ¿verdad?
Cuando una niña crece escuchando la puta historia del corazón roto.
Y lo que duele.
Y lo malo que es.
Y la angustia que se siente.
Y lo mal que lo pasas.
Etc. Etc.
Pues cuando creces y de verdad experimentas lo que es el desamor.
Normal que te duela el corazón.
Que notes hasta la presión en el pecho.
Literalmente.
Y la falta de aire.
Y somatices todas esas historias que te contaron en la tele, en el cine, en la música, tu madre y hasta la vecina del cuarto.

Por eso yo ya he dejado de juzgarme.
De fustigarme por sentir lo que siento.
Ahora sé que se llama patriarcado.
Mandatos de género, para ser más exactas.
Y claro, le contesto.
Le contesto como si nada.
Y no solo eso.
Me alegro.
Me alegro profundamente de recibir aquel mensaje.
De mierda, por cierto.
Porque en realidad no dice nada.
Ni siquiera un: “Hola Patt, ¿cómo estás? Te echo de menos.”
No.
Eso sería pedir demasiado.
Con una palabra le basta.
“Café?”, me dice.
Y a mi me ilumina el día.

Triste.
Lo sé.
Pero aquí cada una hace lo que puede con su herida.
Y yo ya conozco de sobras la mía.
EL HAMBRE.
En mayúsculas.
Quizás debería escribir un libro sobre esto…
Otro.
Tantos libros por escribir.
Y tan poca confianza en mí misma como para realmente hacerlo.
Al menos que alguien escriba esta frase en mi lápida, por favor.
“Igual debería escribir un libro sobre esto.”
Porque la he dicho tantas veces que creo que, al final, eso es todo lo que acabaré escribiendo.

Pues bien, su vuelta (por enésima vez) me remueve entera.
Para bien.
Porque creo que las personas somos optimistas por naturaleza.
Alguns lo llaman instinto de supervivencia.
Y entonces es cuando comienzo a contarme de nuevo la historia del final feliz.
Aquella que dice que esta es la definitiva.
Que esta vez vuelve para quedarse.
Y ser felices y comer perdices.
Pero no.
En realidad sabes perfectamente que no va a ser así.
Porque ya lo has vivido otras tantas veces.
Y tu historia nunca acaba así.
No me preguntes por qué.
Pero nunca acaba así.
Acaba volviendo a la casilla de salida.
Como en la oca.
Pero con una ostia más a la espalda.
Por eso digo que su vuelta también me remueve para mal.
Porque tras la emoción inicial.
El día tan esperado.
Con el que tantas veces había fantaseado.
Vuelve también la decepción.
Y sí, lo confieso.
Públicamente.
He recreado cientos de veces este momento en mi mente.
Y la que nunca lo haya hecho que tire la primera piedra.
Porque sé que no soy la única.
Somos muchas.
Y de ahí que esta no sea una historia de amor cualquiera (o mejor dicho, de desamor).
De ahí que este sea el relato de toda una generación.
De mujeres.
(Mal) criadas en el patriarcado.
De ahí que todo esto sea un acto político.
Porque a las mujeres nos han educado para sufrir por amor.
Para recibir con los brazos abiertos al que vuelve.
Aun a sabiendas de que volverá a marcharse.

Sé que lo más probable es que vuelva a caer en la trampa.
Disney hizo un buen trabajo conmigo.
Pero también sé que es una cuestión de tiempo.
Sé que estoy en el camino correcto.
Por lo menos ahora ya no me lo creo todo a pies juntillas.
Por lo menos ahora peleo.
Conmigo misma.
Pero peleo.
Me revuelvo.
Forcejeo.
E intento que el feminismo venza al machismo que hay en mí.
Interiorizado.
En forma de amor romántico.
De cuentos de hadas.
Y de hambre emocional.

Así que aquí ando preparando mi caída.
Porque sé que la volverá a haber.
Pero esta vez será menor el impacto.
Os lo aseguro.
La red que estoy tejiendo a base de feminismo y amor propio amortiguará el golpe y me catapultará de vuelta al ruedo de la vida.
Para seguir jugando esta partida.
Pero ya en otro nivel.
Con la pantalla de hombres que vuelven superada.

Allá vamos, compañeras.
Que comience la batalla.

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