Llevo tiempo haciéndome la misma pregunta. Mi cabeza la reformula de forma distinta cada vez. Pero la cosa siempre acaba en lo mismo. Como los caminos. Que todos llevan a Roma.

¿Cómo es posible, me pregunto, que ahora sean las propias mujeres las que reivindican su derecho a prostituirse? A vender su cuerpo por dinero. A ver y hacer porno. A enseñar las tetas en cualquier medio a cambio de sus quince minutos de fama.

Confieso que cometí un error muy típico en la juventud. Pensé que la culpa era de los hombres. De cada uno de ellos. Esos que caminan por la calle junto a mí. Esos que se sientan a mi lado en el metro. El padre que puso lo suyo para que yo naciera y se volvió al bar a terminar la partida. El hermano que jamás se levantó del sofá para ayudarme a recoger la mesa. El chico que me follaba cada noche mientras susurraba en mi oído una y otra vez: “no te enamores”. De todos ellos. La culpa era de todos ellos. Y de todos los demás. También de todos los que ni siquiera llegaron a cruzarse en mi camino. La culpa, como digo, era de los hombres.

Pero, como también digo, ahora me doy cuenta que aquel no fue más que un error de cálculo. Un fallo de puntería. Un arrebato de rabia. Dirigido al blanco perfecto. El que nos habían puesto ahí. Frente a nosotras. Cual punching bag para soltar la frustración acumulada después de tanto maltrato. Tanto abuso. Tanta explotación.

Y nos equivocamos. Me equivoqué. Eso de andar sola por la vida. Y por la senda del feminismo. Pues es lo que tiene… que, a veces, te equivocas. Y tomas el camino equivocado. O no. Igual no es el equivocado. Sino solo el más largo. El que te hace dar vueltas y vueltas hasta cansarte. Hasta casi tirar la toalla y plantearte si no serías más feliz conformándote. Con el marido. Con los hijos. El perro y la hipoteca. Pero no. Tú sabías que no. Que aquello no era para ti. Nunca lo fue. Y nunca lo será. No importaba cuán arduo fuera el sendero. Tú ibas a continuar caminando. Costase lo que costase.

Y eso es lo que hice. No abandonar. No abandonarME. Y continuar. Continuar adelante. Y menos mal que así lo hice. Porque, al final, el camino me ha llevado de vuelta al origen de todo. Al nacimiento del feminismo. A la teoría. A la práctica. A las autoras. Las pensadoras. Los libros. Las cuestiones. Las hipótesis. Y hasta la escritura, una de mis grandes pasiones en esta vida, junto con bañarme en el mar y bailar.

En estos días siento que estoy ante un nuevo despertar. Al igual que aquel otro, hace ya algunos años, en el que descubrí la relación tan estrecha entre sexo y opresión. De repente, toda mi trayectoria cobraba  sentido, así que no me lo pensé dos veces y me lancé de lleno al estudio de la sexualidad humana. Pero, tras varios años empapándome de información, de personas, de prácticas y de opiniones taaan distintas entre sí (y tan distintas también de lo que me dice mi cuerpo), es ahora cuando siento que las piezas de mi puzle comienzan a ordenarse, a encajar.

Primero fue el dolor. La rabia. Después el feminismo. Y también el patriarcado. Muy juntos. Casi de la mano. Algo más tarde vino el sexo. Y, ahora, ahora acaba de unirse a la fiesta ese dios omnipresente llamado capitalismo. ¿Cómo no pude verlo antes? Es un ménage à trois en toda regla: Patriarcado + Sexo + Capitalismo. Todo un cóctel molotov. Al menos para mi cabeza que, sin duda, no contaba con este giro argumental.

Si bien el capitalismo es uno de los grandes temas que siempre ha andado rondando a mi alredor, nunca antes había considerado la posibilidad de que pudiera ser parte fundamental del entramado de violencias ejercidas contra las mujeres que tantos años llevaba investigando. Pero ahora ya no tengo ninguna duda. Por lo tanto, pido disculpas a todos esos hombres que alguna vez señalé. Con el dedo. Acusador. Sentenciero. A todos esos individuos. Con nombres y apellidos. Ahora entiendo que el mal no está en vosotros. El mal os trasciende. Vosotros no sois más que meros conductores. El brazo ejecutante. Mensajeros difusores de los mandatos del sistema. Pero la culpa, la culpa hay que buscarla en la perversa alianza entre capitalismo y patriarcado.

Gracias, Amelia Valcarcel. Gracias, Rosa Cobo. Gracias, Ana de Miguel. Y gracias también a tantas otras maravillosas mujeres que me han quitado la venda de los ojos. Nunca podré agradecéroslo lo suficiente. 🤍

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